22 de febrero de 1743
Llega un momento en la vida de todo hombre en el que siente el deseo de enarbolar la bandera negra.
El mar y la tierra están plagados de tesoros, algunos tan ostentosos que podrían resolver el sustento de una tripulación durante diez vidas. El corazón de los hombres atiende a la llamada del oro y la plata, y en unos tiempos en los que la corrupción inunda las administraciones, la corona británica se encuentra casi arruinada y la Compañía de las Indias Orientales pugna por el control del Pacífico, muchas almas buscan su salvación en el más bajo nivel de la moral humana: la piratería.
A pesar del nombramiento de Elizabeth Swann como Reina de los Piratas previo a la Batalla de Maelstrom, la mayoría de los bucaneros navegan por libre olvidando lo que alguna vez significó la Hermandad. Muchos de ellos, ansiando la tranquilidad de saquear bajo la protección de una corona poderosa, han firmado Patentes de Corso con los distintos monarcas europeos, todos ellos deseosos de atiborrar sus arcas con botines arrebatados a sus rivales en las numerosas guerras que asolan el viejo continente.
Sin embargo, el mar está intranquilo. Los océanos están despertando. Puedo sentirlo en el aire, incluso en mis huesos, que tras tantos años cabalgando olas ya se han convertido en una extensión del mar. Pronto la Hermandad deberá reunirse de nuevo para hacer frente a otra amenaza. A algo poderoso. Algo antiguo.
Al final del día, la única pregunta que cuenta es la que debe hacerse todo hombre antes de embarcarse en una vida de abordajes y piratería.
"¿Temes a la muerte?"